Hambre de risas en la posguerra
Carpanta: coloquial. Hambre violenta, apetito, gazuza, gusa.
Eso es lo que dice la RAE. Claro que también admite otra acepción, que es la que vamos a tratar hoy: personaje del tebeo español.
¿Quién es Carpanta?
—El apetitoso permanente, ¿no?
—Nada de «apetitoso», doctor Pitoff, ¡HAMBRIENTO!
Este diálogo, mantenido por el personaje que nos ocupa y un
médico especialista en regulación de apetito y saciedad, ya nos da una idea de
la idiosincrasia de Carpanta.
Carpanta nació como personaje de cómic en la extinta Bruguera
en el año 1945, fecha en la que las despensas españolas no estaban precisamente
para muchas alegrías. Las cartillas de racionamiento eran cosa tan habitual
como el estraperlo de azúcar, huevos o café y eran tristemente famosos los
casos de picaresca comercial, como el acumular cartillas para optar a más
raciones, el usar serrín mezclado con la harina del pan o la carne picada, o el
aguar la leche o el vino.
Puede que los españoles no se murieran de hambre en el sentido literal del término, pero que toda una generación de niños creció con un permanente agujero en el estómago, eso sí. En ese clima, las desventuras de un mendigo que buscaba siempre qué comer y soñaba con pollos asados encontró reflejo en toda la sociedad. Por supuesto, admitiendo que Carpanta no era más que una exageración, pura fantasía porque «en la España de Franco nadie pasaba hambre», o eso decían los censores, a quienes Carpanta no cayó muy bien, pero dejaron pasar porque Escobar tuvo una gran astucia para que no le pidieran cuentas.
¿Cuál fue?
Carpanta no tuvo realmente HAMBRE hasta bien entrados los
setenta. Antes de esa fecha, siempre dijo que tenía «apetito». Sea como fuera, los lectores
entendieron el gol de escuadra que el autor le estaba metiendo a la censura con
su personaje.
En un principio, Carpanta nació como un mendigo, un sintecho
de los muchos que malvivían pidiendo limosna. En su primera historieta, 13
en la mesa, le vemos así. Se presenta en una mansión de alcurnia preguntando
si ha sobrado algo de comer y, como en la cena que se celebra en la casa hay
trece comensales, le invitan para conjurar la mala suerte. Claro está, la
voracidad y naturalidad del protagonista en medio de los ricachones provoca un
sinfín de situaciones cómicas, amén del convencimiento de que el número maldito
es el catorce.
A partir de aquella historieta vimos a Carpanta tratando de
ganarse cinco pesetas para un cocido de las más diversas maneras: llevando
niños al colegio, ayudando a sus madres a hacerles comer o tomarse medicinas,
paseando perros, conduciendo taxis… sea como fuere, al final el hado siempre le
era adverso y nunca lograba comer más allá de alguna avellana o menudencia
similar.
A lo largo de los años conocimos el hogar de Carpanta, un
apartamento improvisado debajo de un puente en el que tenía una cama, una
cocinita de leña y hasta un cuadro en la pared. Ya en la década de los ochenta
usó las ruinas de una casa medio destruida para hacerse una casita propia con
balcón y todo, aunque su estómago permaneció siempre igual de vacío. Claro que
hubo quien le ayudó a hacer esa mudanza.
Los amigos de Carpanta.
Aunque en las primeras historietas Carpanta llevó el
protagonismo en solitario, muy pronto llegó a compartirlo con él su «amigo»
Protasio, personaje de fraternidad más que dudosa, pero cuyo nombre tiene una
historia tan bonita que no puedo regatearos.
Corría el año 1944 y ya con la idea de Carpanta más o menos
en mente, Escobar se trasladó a vivir al barrio barcelonés de San Gervasio. En
la iglesia del lugar, el autor descubrió sendas imágenes de los santos Gervasio
y Protasio y, mientras que el primero daba nombre a la barriada y se llevaba
todas las atenciones, su compañero vivía injustamente ignorado. Decidió
entonces rehabilitar el nombre del santo Protasio dejándolo apadrinar a su
nuevo personaje. Claro que, como decía más arriba, de santo nuestro Protasio
tiene poquito.
Mientras que Carpanta es cándido e inocentón, Protasio es
todo un vívales y no duda en traicionar a su compañero y hacerle víctima de
penosas tretas a fin de no compartir con él ni una miga de pan y, si puede, aún
quitarle su ración. Así está de gordito.
Carpanta y Protasio han compartido desventuras en infinidad de ocasiones. Han tratado de poner negocios, pescar truchas, cazar patos, robar pollos… En todas ellas, Carpanta siempre acaba sin probar bocado y hasta llevándose las tortas (calientes, pero incomestibles) mientras que Protasio se aprovecha de la situación y se llena la barriga. Cierto que a veces Carpanta se toma su revancha, le persigue con un mazo o le gana alguna apuesta.
Y vamos a reconocer
que Carpanta, en el amor, tiene más suerte que él. Su suerte se llama Vale. Aquí
agradeceré cualquier comentario porque hay una falta de consenso en el nombre
concreto de este personaje; algunos blogueros y lectores la llaman Valeria,
mientras que yo la he llamado siempre Valentina, lo que me pareció la
contracción más lógica del nombre, dado que hablábamos de la responsable del
flechazo que sufrió Carpanta, su san Valentín. Sin embargo, no he encontrado el
nombre entero de la joven en ninguna historieta de las que he consultado. Si
alguien puede iluminarme, se lo agradeceré. Hasta entonces, para mí seguirá
siendo Valentina. Hablemos un poco de ella.
A medida que pasaban las décadas, conforme España entraba en
eso del estado del bienestar y el hambre violenta que Carpanta y otros
muchos sufrieron iba ya quedando atrás, las penurias del personaje empezaron a
verse algo pasadas de moda. Desgraciadamente, como la pobreza no pasará de moda
jamás, fueron el chabolismo y los barrios marginales quienes tomaron el relevo
en las aventuras de nuestro protagonista, siempre sin perder el hecho del
hambre que seguía pasando. En su barrio de chabolas conocerá precisamente a Valentina,
el objeto de sus deseos y sobrina de doña Tula.
Doña Tula ya era un personaje conocido por el público de más
edad. Suegra del sufrido Clotildo a principios de los cuarenta, ella pensaba
que no era bastante para su niña y le hacía acabar todas las historietas persiguiéndole
con ansias homicidas. La censura vio en aquella mujerona un «socavamiento
de la sagrada figura del cabeza de familia, pilar de la sociedad» y
exigió su desaparición. Escobar tuvo que tragar en aquel momento, pero en los
ochenta, casi cuatro décadas más tarde, doña Tula volvió al ataque. Vale, como
su sobrina, exigía ciertas libertades que su tía no pensaba darle, pero aquello
no era lo único que hacía sufrir a nuestra chica. La joven vio como Carpanta se
enamoraba de ella, pero como además de muy tímido, Carpanta era un hombre de
los años cuarenta (machista como él solo), no está dispuesto a declararse hasta
que Vale demuestre que es una perfecta ama de casa y -sobre todo- cocinera.
Para una chica de los ochenta como ella que compraba paellas
precocinadas sin mirar la fecha de caducidad, que pensaba que los tallarines
eran macarrones sin agujero que tenía que atravesar ella o que los huevos de
esturión se podían comer fritos, pues eso del manual de la buena esposa se le
hacía un poco cuesta arriba, lo que provocó no pocas situaciones cómicas.
El tercero en discordia, no podía ser de otro modo, es de
nuevo Protasio, también loco de amor por Valentina y más que dispuesto a
declararse, pero la joven sólo tiene ojos para Carpanta y no sólo le es de una
fidelidad a toda prueba, sino que no vacilará en cantarle las cuarenta al falso
amigo:
PROTASIO: A tus pies arrodillado/yo te declaro mi amor/Si
por ti no soy amado/me moriré de dolor.
VALE: Ya… ¿¡Y no puedes morirte de vergüenza?! ¡Eres un
traidor!
Curiosidades
Carpanta nació como hijo de su tiempo y durante casi cinco
décadas ocupó páginas en las revistas infantiles como el Pulgarcito, el Tío
Vivo y más tarde el Zipi y Zape, creación también de Escobar. Primero en una
sola página y más tarde a doble página, si bien nunca dio el salto al gran formato
de 42 páginas porque la propia historia del personaje no lo permitía, hubiera
sido muy difícil tenerle durante tanto tiempo persiguiendo un pollo asado. Pese
a ello, sí que tuvo revista propia, como los grandes personajes de la editorial,
Mortadelo, Rompetechos o SuperLópez.
Sin embargo, aunque no llegó a las aventuras largas, sí que dio el salto a la televisión. En los años sesenta se preparó una serie de trece episodios dirigida por Gaspar Pérez y guionizada por el propio Escobar, aunque finalmente solo fueron emitidos siete, debido al escaso éxito. Por ese motivo, tampoco queda grabación alguna de ninguno de los episodios, solo fotos sueltas de lo que hoy sería una rareza. Así que si alguien inventa una máquina del tiempo, por favor, que viaje a los sesenta a los estudios de RTVE y rescate un episodio, se lo agradeceré mucho.
El mundo de Carpanta no es un sitio aislado, sino que pertenece a la misma población en la que residen otras creaciones de Escobar y aún el propio Escobar. Los terribles gemelos Zipi y Zape han alternado con él en alguna ocasión, Petra le ha invitado a comer y más de una vez trató de rebelarse contra el autor a fin de conseguir llevarse algo a la boca. Como le dijo Escobar entonces: «aunque termines conmigo tampoco comerás. Carpanta, tu nombre pesa demasiado».
El vocablo carpanta o pasar más hambre que
carpanta se han hecho un hueco en el habla popular gracias a Escobar. El
hambre, hoy día, tiene la cara inconfundible, nariguda y con canotier
(su gracioso sombrerito) del vagabundo pícaro pero de gran corazón que creó el
humorista y que no deja de recordarnos que, por más que nuestros dirigentes
saquen pecho con el crecimiento económico y la macroeconomía, siguen quedando
muchos carpantas en el mundo cuyas bocas siguen estando vacías.

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