La novela de Genji o Genji Monogatari se considera (y es) una de las obras magnas de la literatura universal. Escrita por Murasaki Shikibu durante el período Heian (794-1185), recoge la práctica totalidad de los géneros que vendrán más tarde: erotismo, romance, saga familiar, tragedia, política, drama, poesía y hasta terror. Salvando la ciencia-ficción y la policíaca, casi todo lo demás podemos encontrarlo en ella. Y lo que es mejor, escrita con una calidad asombrosa en una narrativa que fluye de un modo sencillo y cercano, lo que la hace apta incluso para lectores a partir de los 16-18 años si son valientes como para acercarse a ella, pues su extensión es lo único que puede echarte atrás. 

La novela de Genji 


La novela en sí

La novela de Genji está dividida en dos volúmenes llamados Esplendor y Catástrofe. Con esos títulos no dejan mucho lugar a dudas acerca de la naturaleza de los acontecimientos narrados, ¿verdad? Aún así, vamos a tratarlos para conocerlos.

En el primer volumen conocemos a Genji, hijo de una favorita del emperador quien, víctima de la maledicencia, envidias y celos de otras esposas y concubinas, muere prematuramente poco después de dar a luz al protagonista. Genji, descendiente del emperador y en apariencia el candidato idóneo para sucederle en el cargo, no llegará jamás a ocuparlo. Dotado de mil gracias, belleza, inteligencia, agilidad, generosidad, fuerza, crecerá hasta convertirse en el ideal masculino de la época, adorado por las mujeres de toda edad a la par que admirado y envidiado por todos los hombres, al punto que unas y otros le llaman El príncipe resplandeciente.

Dotado de tantos atractivos, durante su adolescencia y juventud se verá embarcado en un sinfín de aventuras amorosas, llegando incluso a acostarse con una de las esposas del emperador, lo que redundará en un hijo secreto que producirá gran ansiedad en él mismo y en la madre del pequeño.

Su temprano matrimonio de conveniencia con Aoi, hija del ministro de la izquierda,  no pondrá fin a estas aventuras, más bien las potenciará. Genji, frustrado por la indiferencia a la que le somete su consorte, varios años mayor que él, buscará en otras mujeres y hombres el cariño y comprensión que su legítima esposa parece negarle. No obstante, esta parece ansiar tan solo la fidelidad del protagonista y es su inconstancia la que le hace castigarle. Este rosario de aventuras no dará a Genji felicidad, solo el morbo de la atracción prohibida y no serán pocos los escarceos que acaben en tragedia.

Contaminadas por el demonio de los celos (superstición muy común en la era Heian: se decía que una mujer celosa podía envenenar con su envidia el cuerpo de su rival hasta acabar con su vida. Tal maldición no finaliza con la muerte de la celosa, sino que se agrava, de modo que todas las amantes-esposas del hombre corrían peligro), una de sus amantes morirá poco después de compartir su primera noche y otras correrán peligro, al punto que Genji se creerá irremediablemente maldito, incapacitado para conocer el amor, un amor verdadero y tranquilo de una compañera a su nivel, que es lo que en realidad ansía. Todo esto cambiará cuando conozca a Murasaki, su gran amor, aunque no el único. Y que autora y personaje compartan nombre no es absoluto una casualidad.

La novela de Genji

Murasaki

Cuando Genji conoce a Murasaki, hija del general Hyobukyo no Miya y de una concubina, esta todavía es una niña que siempre ha vivido apartada en un castillo-monasterio junto a damas de compañía, sirvientas y monjas. Aún no tiene la menstruación y juega con muñecas, pero Genji, de 18 años de edad, se enamora de ella. Aunque la autora lo ponga al principio como una relación paterno-filial, que Genji se convierte en el tutor de la niña y dice que puede llamarle «hermano». Nosotros mismos y la monja (la abuela de la niña) que cuida de la pequeña nos damos cuenta de que las intenciones de Genji no son tan platónicas como nos quiere hacer creer. 

Tras unas cuantas visitas al monasterio y regalos tanto para la niña como para cuantas mujeres la cuidan, finalmente una noche la lleva consigo. No se irá sola. La monja, única madre que conoce Murasaki, se irá con ella a fin de cuidarla y, no nos engañemos, de protegerla. En ese momento la niña tiene once años y solo tres más tarde, tras educarla y comprobar que es aguda, inteligente y bondadosa, Genji la hará suya.

Hoy día esto nos parece una burrada y lo es. Sin embargo, en el Japón Heian no eran extraños los matrimonios tan jóvenes. Apenas una niña llevaba un año o dos teniendo el periodo con regularidad, ya podía tener bebés, de modo que se la consideraba apta para el matrimonio. Lo que más nos llama la atención es el modo tan delicado y muy por encimita que la autora nos cuenta lo que no es sino una violación.

En la era Heian, como en muchas otras épocas y culturas, la moral reinante no era tanto «no lo hagas» como «que nadie se entere de lo que has hecho». Así una mujer tenía una cierta libertad y podía tener amantes que, si nadie se enteraba, nadie se lo echaría en cara, pero si accidentalmente un hombre veía su rostro porque ella se asomaba demasiado a la galería o la sorprendían, su reputación estaba ya manchada. Murasaki, criada por Genji y a quien siempre le ha dado el nombre de hermano, no se ha ocultado nunca de él, siempre le ha tratado con confianza, no sabe lo que es el amor romántico ni el deseo, y aunque han dormido juntos en ocasiones, siempre ha sido como hermanos. Cuando Genji «duerme con ella por vez primera como hombre y mujer», la chiquilla reacciona con temor y rabia a la mañana siguiente, algo que Genji califica de «mimos y niñerías». Le dice que es demasiado mayor para reaccionar de esa manera o mostrarse caprichosa, sin querer darse cuenta de que nadie la ha preparado para ese momento que sin duda ella no entiende y que es la primera vez que Genji le hace daño.

La idea del placer sensual, de la pasión o del erotismo carnal apenas aparece en la novela pese al elevado número de amantes que Genji tiene, sino que solo se deja intuir y tampoco en esta ocasión lo hace. Su unión es un trámite a fin de que pueda reconocerla como su amante permanente (debido a la diferencia de clase no puede desposar a Murasaki, aunque sí reconocerla como concubina oficial), y la chiquilla, aconsejada por sus azafatas y damas, comprenderá lo sucedido y adoptará el papel que se espera de ella, la mujer favorita de Genji que esperará pacientemente a su compañero, no será celosa, superará en ingenio y consejo a todas las mujeres y a muchos hombres. No tendrá hijos naturales de Genji, pero este le dará a Shonagon, hija de otra de sus aventuras, a quien ella querrá como a hija propia y la educará magníficamente, al punto de que se convertirá en emperatriz.

Por más que Genji no le sea a Murasaki tan fiel como ella merece, la novela dejará patente que su amor por ella es el único verdadero y que aporta tranquilidad al protagonista, una compañera realmente compatible y no solo una cara bonita. Su muerte, ya en la segunda novela, le dejará mutilado el corazón y con la decisión de tomar el hábito durante las páginas en que aún la sobrevive, algo que no podrá hacer por exigencias del emperador y por tapar la infidelidad de su última esposa, a fin de proteger al niño y evitar un escándalo que salpicase al trono y a él mismo. A pesar de su sacrificio, que le recordará su propio desliz juvenil cuando embarazó a la concubina del emperador, el nuevo niño, Kaoru, protagonista de la segunda parte tras la muerte de Genji, no se convertirá en un hombre feliz, y al igual que el exceso de pasión de sus padres marcó la desgracia de sus vidas, en su caso será el defecto de la misma lo que marcará la suya.

Cuando Genji desaparece de la novela, todo se vuelve más corrupto, más oscuro, más infeliz y vulgar. Mientras que en la primera parte podemos ver personajes que luchan por el amor y lo consiguen, en la segunda parte los vemos resignarse y sacrificarse para que el objeto de su cariño tenga un mejor porvenir, algo que no sólo no sucederá, sino que será el origen de la desgracia. Los personajes sólo serán conscientes de que su amor era el indicado cuando ya sea demasiado tarde.

La autora

Murasaki Shikibu nació en torno al año 970, hija de un modesto funcionario y perteneciente a la mediana nobleza. Ello significa que pudo estudiar y formarse, algo para lo que se mostró excepcionalmente bien dotada. Pese a que la mayoría de niñas no eran formadas en el aprendizaje del chino porque este era el idioma del gobierno, ella sí lo aprendió y mostró gran soltura en la lectura y dominio de obras clásicas tanto en este idioma como en su lengua materna. Perdió a su madre y a su hermana mayor siendo aún una niña y este acontecimiento, según parece, la convirtió en una persona introspectiva que hallaba más diversión en la caligrafía y la escritura que en las tertulias con otras damas.

Emparentada por línea lejana con la todopoderosa familia Fujiwara (auténticos gobernantes de Japón en este período, pues ellos elegían matrimonios, líneas políticos y rutas de comercio), la casaron con un noble de estatus similar, que también murió prematuramente dejándola con una niña.

Su novela, plasmada en cincuenta y ocho rollos de diversa longitud (en aquella época no se encuadernaba como ahora; los japoneses escribían en vertical y no en horizontal como nosotros y lo hacían sobre rollos de papel de bambú. Para ir leyendo, debían ir desenrollándolo. En estos rollos no solo había novelas, también se consignaban los asuntos de estado, los diarios, la contabilidad, la poesía… y también los dibujos. Había rollos dedicados al humor o al aprendizaje de los niños que solo contenían dibujos, lo suficientemente explícitos para que contaran una historia por sí mismos), le granjeó una gran fama y hasta le procuró un puesto como dama de compañía de la emperatriz, un honor enorme, sobre todo teniendo en cuenta que su nobleza era solo mediana. Murió en el año 1014 y su tumba puede ser visitada en Kioto. 

La novela de Genji

La sociedad Heian

Más de cuatro siglos de paz continua en una sociedad dedicada por entero a la cultura y el refinamiento, eso fue la era Heian. Mientras que la mayor parte del campesinado y las aldeas vivían en un nivel bajísimo, semejante al de las tribus africanas, los artesanos ya gozaban de un nivel de vida medio, tanto más alto cuanto más delicado era lo que fabricasen, pero la nobleza vivía en el ocio absoluto, puesto que no había amenaza alguna interna o externa. Por más que el periodo Edo con sus geishas y sus samuráis haya alcanzado mayor fama, es el Heian el que ha sido descrito como la auténtica edad dorada de Japón. Mientras que en Occidente, los señores feudales rara vez sabían leer y no digamos tener una cultura mínima, en Japón todos los niños de la nobleza sabían leer y escribir no solo japonés, sino también chino, que se consideraba más culto; la caligrafía era una de las artes principales y que definían la cultura y el rango de una persona, se hacían frecuentes concursos de poesía, era de buen gusto y denotaba inteligencia el intercambiar haikus o pequeños poemas en la conversación, se leía a los clásicos…

Los hombres llevaban el protagonismo en la mayor parte de facetas de la vida que, para ellos, era poligámica. Un campesino debía limitarse a una única esposa puesto que no tenía medios de «mantener» a más, palabra que entrecomillo porque las mujeres campesinas pagaban sobradamente su manutención cocinando, limpiando, cuidando niños y ancianos, cosiendo-tejiendo, y aún trabajando en el campo. Sin embargo, los nobles y ricos veían perfecto casarse con varias esposas y tener amantes, puesto que poseían medios para mantenerlas a todas y a sus hijos, o incluso divorciarse de una para hacer primera esposa a otra nueva. Los sentimientos de la mujer divorciada no se tomaban en cuenta y aún se repudiaban como hemos visto más arriba, haciéndolas tomar forma demoníaca y asesina de otras mujeres por sus celos. A través de la obra de Murasaki, vemos esta situación varias veces y nos damos cuenta de cómo, sólo mostrando, critica el egoísmo de esos hombres y les hace aparecer como títeres de su propia lujuria, indignos y ridículos. No obstante, también a través de la obra y diarios de la autora, vemos que la mujer de la nobleza gozaba de cierta libertad. Escribían, eran artistas, llevaban pequeñas intrigas, tenían aventuras sin casarse y eran infieles a sus maridos. Claro está que un escándalo podía arruinarte la reputación y la vida, pero eso no significaba que las mujeres se abstuvieran de riesgos.

La arquitectura casera de esta época se regía por el pragmatismo. Dado que era fácil tener que añadir o quitar salas o aún alas enteras ante la llegada de un invitado, la muerte de una concubina o la llegada de una nueva esposa, las casas eran ligeras y desmontables. Montadas sobre pilares para evitar la entrada de barro o de alimañas, las paredes podían desmontarse y trasladarse con relativa facilidad. En el interior, los ambientes se marcaban por biombos detrás de los cuales había pasillos o se sentaban las damas ya casaderas, separadas así de los hombres cuando comparten con estos la habitación en reuniones. Tras ellos hablan, cantan o tocan instrumentos, siempre sin ser vistas salvo en siluetas y sombras. Solo ocasionalmente dejarán ver parte de su cabellera o de la tela de sus mangas, siempre tan largas que se arrastran por el suelo a fin de que puedan ocultar su rostro ante cualquier descuido, o sus propias lágrimas.

Estas casas, un tanto frágiles, brindan poca protección ante las inclemencias del tiempo. En invierno son muy frías y, por más biombos que se pongan para cerrar el paso de las corrientes, son insuficientes. En no pocas ocasiones en la novela, varios personajes temen el derrumbe de su propia casa durante una tempestad. 

Para paliar el frío, los japoneses de ambos sexos en esta época podían usar hasta doce prendas de ropa una sobre otra. La ropa interior solía ser de gasa y para las prendas exteriores se usan otros tejidos como algodón o seda, todos ellos delicadamente bordados o teñidos para que combinen entre sí. 

En este período, el cuerpo humano en general y el femenino en particular no se consideraba estético, ni menos aún erótico. El erotismo residía en el cabello largo, en un rostro delicado y hermoso, en las prendas de ropa y sobre todo, en la educación cuidada. Un poema improvisado con acierto, una cita bien traída a colación o la pericia en un instrumento musical eran desencadenantes de la pasión mucho más que una pierna o un pecho, de manera que el intercambio casual entre dos amantes suele desarrollarse con casi toda la ropa puesta. Como mucho es el varón quien se despoja de sus ropas, jamás la mujer. Que no deja de tener sus ventajas, porque pasarse un cuarto de hora pelando cebollas le enfría la pasión a cualquiera.

Conclusiones

La novela de Genji es una maravilla. No es una única historia, sino una multitud de historias en la que los personajes tejen un tapiz de vivencias, no sólo de dichas y tragedias, sino también de toda una sociedad fascinante y llena de curiosidades. Si bien la primera parte, Esplendor, puede resultar más atrayente, tampoco la segunda nos dejará indiferentes, sino que nos harán llorar con sus tragedias de amor frustrado por ambas partes. 

Una novela imprescindible de la literatura universal y japonesa, ideal tanto para conocer de primera mano la Historia, como para simplemente disfrutar de su narrativa de compleja sencillez, tan fácil en apariencia, pero tan difícil de lograr.