Cuando, en 1974, un granjero en busca de agua encontró por casualidad en sus tierras una cabeza de arcilla (luego de hacer un pozo de casi cuatro metros), no imaginó que sería el puntapié para uno de los hallazgos más importantes del siglo XX: los guerreros de terracota.

Si hablamos de esto nos referimos a la Guardia del primer Emperador de China,  Qin Shi Huang, teniendo como importancia su labor unificadora de todos los territorios y dando inicio a la China Imperial. Para evitar el desorden y futuras insurrecciones se abolieron los feudos, dividiendo cada sector conquistado en «gobiernos», estandarizando la economía y unificando la escritura. Vivió desde el 259 hasta el 210 A.C, murió a los 49 años mientras buscaba el secreto de la inmortalidad.

Aunque se ordenó la construcción del «Ejército de terracota» desde el inicio de su reinado (esto es, cuando era Rey y todavía no se autoproclamaba Emperador) se cree casi con seguridad que sus funcionarios cercanos fueron los que imaginaron esto, debido más que nada a la corta edad del soberano, quien todavía no cumplía los trece años.



La edad cronológica no sería problema pues, poco tiempo después, asumiría el verdadero control y cada edicto y mandamiento sí provendría de su persona, mandando que su mausoleo fuera perfecto y con la marca de cada artesano en las estatuas a través de la firma del mismo. Esto suponía un control de calidad y el todavía Rey daba recompensas a la innovación y la excelencia. 

La tarea era colosal y se necesitó muchísima mano de obra para la creación del complejo de tumbas ceremoniales durante treinta y seis años casi ininterrumpidos hasta su muerte. Una vez resguardado el cuerpo en la tumba se selló cada bóveda y, según cuentan los registros, los artesanos participantes fueron masacrados o silenciados para evitar que mencionasen la ubicación exacta del lugar del entierro.

Anteriormente, cada monarca escogía una guarnición real, soldados de élite que eran enterrados vivos cuando fallecía el líder y continuaban a su lado por la eternidad, sin embargo la población y los allegados a los homenajeados mostraban resistencia y no eran pocos los enfrentamientos, lo que dio comienzo a un cambio en las tradiciones y creando réplicas de terracota. 

A diferencia de las esfinges de Egipto u otros monumentos que hacen honor al regente de turno, Qin deseaba protección en «el más allá» y el Ejército custodiaría estando siempre presente, por eso su obsesión de reunir la mayor cantidad de personas a su alrededor. Mal no le fue: a la fecha, y aun casi cinco décadas luego del descubrimiento, todavía falta terrenos y secretos que esperan su salida a flote, pero se calculan a la fecha 8000 soldados, 150 caballos montados y carros de combate, todos a tamaño natural y lo más impresionante es que no hay escultura que se repita.

Los soldados de infantería se unificarían junto a arqueros (de pie y arrodillados), otros guerreros, carruajes, caballos, generales, funcionarios y también aportando el «ocio» (que no todo en la vida es la guerra) hallaron esculturas de acróbatas, bailarines, músicos y animales. 


Cuando mencionamos el tema de individualismo nos vemos obligados a decir que la ciencia comprobó que se utilizaron como modelo base mínimo unos diez moldes para los rostros, luego se incorporaban pequeñas diferencias y se tomaron cuidados especiales en recrear facciones exactas, particularmente a los altos rangos.

Alturas de 1,75 a 1,90 metros, fabricadas en talleres y usando material local, y ensambladas con cemento cada pieza: torsos, piernas, brazos y finalmente la cabeza, para tener el destino final en una formación de guerra totalmente medida y precisa. Peinados, armas, vestimenta, rasgos y expresiones varían según el rango militar al que pertenezca cada individuo.

Con tres fosos descubiertos se halló la increíble formación de batalla, que oscilaba entre cuatro y ocho metros de profundidad. En la actualidad se construyó el Hangar del Ejército de guerreros, donde se muestra al público gran parte de lo excavado, una cita obligada si se visita China; desde 1987 está considerada Patrimonio de la humanidad por la Unesco.

 El porqué del «no abrir la Tumba del Emperador»

No, no es por una maldición o por trampas ocultas como se lee en muchas webs, la razón principal es el deterioro que se comprobó casi al instante en varias zonas cercanas, especialmente por la acción del aire. Los pigmentos que poseían los guerreros de terracota se despintaron en menos de cuatro minutos al eliminar el barro circundante, debido al clima extremadamente seco de la región de Xi'an. Muchas piezas resquebrajadas en menos de veinte segundos dieron la idea de intentar hallar un modo de no estropear una cultura tan rica.

Al contrario, el excepcional estado de conservación de las armas fue resultado de varios factores: el alto contenido de estaño del bronce, la tierra del lugar, alcalina y el poco aire, lo que dio un conservante que, luego de dos milenios, preservó casi a la perfección el filo y la brillantez del armamento.

Los carros y reliquias de bronce son majestuosos y las piezas más antiguas y grandes manifestadas en el mundo, algunos carromatos poseen más de 1200 partes en su totalidad.

Con continuos y lentos avances para no estropear novedosas figuras, se siguen localizando diferentes tesoros de más de veinte siglos. Eso sí, aun esperamos que alguna vez se revele la tumba de un rey tiránico y con ansias de vivir eternamente, a la vez que carismático e impresionante estratega. ¡Nos vemos en otro número!