Los siete samuráis


Estoy segura de que alguna vez os habéis encontrado con un librote que tenía 1200 páginas y que pesaba como cinco kilos, y al sopesarlo habréis pensado que, sin duda, debía ser una tostada más aburrida que una carrera de caracoles. A mí, al menos, me pasó con El Doctor Zhivago. Sin embargo, una vez lo empecé a leer, no pude dejarlo. Ese tipo de equivocaciones son maravillosas. Me alegra sobremanera decir que en esta ocasión me ha pasado lo mismo con Los siete samuráis. Su duración, que excede de largo las tres horas, me acobardó un poco, no obstante, puedo deciros que no se hizo pesada en ningún momento.

                Gracias al remake de Hollywood Los siete magníficos, todos conocemos la historia: una pequeña aldea de campesinos pobres es saqueada periódicamente por un grupo de bandidos y aquellos, hartos de trabajar para que sus esfuerzos sean aprovechados por otros y vivir con miedo, deciden enviar a un grupo a contratar samuráis para que acaben definitivamente con la amenaza. Naturalmente, eso se dice con mucha facilidad, pero no es igual de fácil conseguirlo si tenemos en cuenta que los campesinos lo único que pueden ofrecer a los guerreros es comida y techo mientras dure la contienda, pero absolutamente nada más. Los samuráis, orgullosos y anhelantes de hacer nombre y fortuna, no se ven seducidos por un trato tan miserable, antes bien se sienten ofendidos. Los campesinos están casi decididos a abandonar su empeño, cuando, en el pueblo en el que se encuentran buscando, ocurre un sensible alboroto: un hombre ha sido pescado robando y, para impedir que le cojan, ha tomado a un niño de rehén. Un anciano samurái logra vencerle mediante la astucia y, de inmediato, los campesinos deciden que él será el adecuado.

                La historia nos mostrará no solo la acción de un grupo de personas desesperadas por conservar el fruto de su trabajo, sino también el interior de las mismas. Entre el grupo de samuráis vemos que cada uno tiene una personalidad distinta y cómo estas crecen y cambian según avanza la cinta. Así, está Katsushiro, el joven ilusionado por ser un señor de la guerra, que se ve fuertemente seducido por Shimada, el anciano cabecilla al que suplicará que le tome de aprendiz; el joven cambiará de niño a hombre en todos los aspectos, pues se dará cuenta de que la guerra no es una experiencia de valentía y honor, sino algo horrible que destroza a los hombres y les cuesta la vida o la salud. El propio Shimada le previene contra ello, pues es un ronin ya curtido que sabe el precio que se cobra su tipo de vida, de hecho, será él quien cierre la película con una frase que se clava en el corazón del espectador, de tan dura y cierta.



                Mención aparte merece Kikuchio, un antiguo campesino metido a samurái para buscar una vida mejor que la de sus padres. Los campesinos le asquean en su cobardía, su falta de orgullo y su miseria, aunque a la vez le inspiran una gran compasión de la que no quiere ser consciente, porque piensa que le debilita. Sin embargo, los samuráis tampoco le inspiran una gran simpatía, pues sabe que, gran parte de la culpa de la situación del campesinado la tienen los abusos y el pillaje de los propios guerreros, como los bandidos que ahora les acechan. Kikuchio es, sin duda, uno de los personajes más complejos e intrincados de la genial cinta, un hombre que desea ferozmente ser aceptado y respetado, aunque sabe que no es tan educado ni bien nacido como el resto de sus compañeros e intenta por todos los medios suplir esas carencias mediante bravatas y agallas. En la bandera que Gorobe (otro de los samuráis, amigo personal de Shimada) crea para el grupo, seis de los samuráis estarán representados mediante círculos, pero Kikuchio se distingue de todos al ser representado mediante un triángulo. El actor que lo encarna, Toshiro Mifune, se llevó el Premio BAFTA al mejor actor en el año 1956, por su interpretación en esta película.

                A través de la música y de tomas de gran belleza y rotundidad, Akira Kurosawa, guionista y director de la cinta, nos muestra las conversaciones, el paso del tiempo y las emociones con una habilidad digna de encomio, sin apresurarse lo más mínimo, y a la vez sin permitir que la narración decaiga en ningún momento. Dos personajes pueden mantener una conversación solo con una mirada, el director puede hacernos saber cuándo se acerca el momento decisivo con una toma específica, el sonido exterior puede acompañar las palabras o la presencia de un personaje… y todo sin perder ritmo, sin que jamás miremos el reloj.


                Los siete samuráis fue estrenada en Japón en 1954, se llevó el León de plata del festival de Venecia y está considerada una de las mejores y más influyentes películas de la historia y, la verdad, no me extraña. No es sólo una cinta de acción o bélica, es una maravillosa muestra del manejo de los sentimientos en toda su crudeza, desde el amor al odio, pasando por el duelo, la miseria y la esperanza. Desde que leí Otelo, de Shakespeare, no veía un uso tan certero de toda la gama de emociones que puede experimentar el corazón humano.

                Los siete samuráis es una película para verla en una tarde libre y sin prisas, sabiendo que, si la empezamos a ver a las cinco de la tarde, la acabaremos cerca de las nueve. No es una película para ver si quedamos con amigos, a no ser que vayamos a montar un cine club, pero es una joya del cine para disfrutarla en más de una ocasión. Cinefiliabilidad 7, lo que significa que es larga, en blanco y negro y algo dura, pero no se hace pesada en ningún momento.

               

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