Dos hermanas

Vínculo fraternal: quizá uno de los más fuertes en las relaciones familiares, si no el que más. Cuando crecemos, nos distanciamos de nuestros padres, los matrimonios pueden romperse o separarse, pero el afecto entre hermanos dura toda la vida. Aún en las peores discusiones y los más graves trances que darse puedan, pese a llevar años sin hablarse, un hermano siempre acudirá en auxilio de otro cuando este lo necesite, sin que haga falta otra razón más allá de «porque es mi hermano. Algo así sucede entre Su-mi y Su-yeon.

Huérfanas de madre y con un padre casado en segundas nupcias con una mujer que detestan y que a su vez las maltrata, las jóvenes encuentran refugio la una en la otra, en especial Su-mi, la menor en edad, mientras que Su-yeon se erige en guardiana y protectora de la otra. A través del metraje, la historia nos va dando la información medida con cuentagotas, pero nos sirve para darnos cuenta de que algo extraño, muy extraño, sucede en la casa y alrededor de la familia. No solo se debe a lo primero que percibimos, y es que en esa casa, salvando a las chicas, no hay ningún amor. Su padre da la espalda a la madrastra y se siente visiblemente incómodo en presencia de ella, al punto que ni siquiera duermen juntos. Esta a su vez, increpa y maltrata a las niñas, sobre todo a la más joven. Solo Su-mi y Su-yeon parecen tenerse afecto y cobijarse la una en la otra para sobrevivir en un clima tan hostil, pero ni siquiera su cariño las protegerá cuando sean conscientes de que hay alguien más en la casa, una presencia extraña que desea cobrarse venganza.

Dos hermanas está basada en un cuento de terror coreano de la dinastía Joseon, el cual ya había sido adaptado a cine en ocasiones anteriores, si bien fue esta la que cosechó mayores éxitos. Mediante el goteo de información y una narración ambigua, el director Kim Ji-Woon juega con el espectador y le ofrece una cinta llena de sorpresas que han sido cuadradas con tanta maestría como un rompecabezas y en el que la justicia poética resulta dulce y alentadora. No obstante, el tono de la cinta es más el de un drama lento que el de una película de terror. En muchas ocasiones, la adición de información es excesivamente lenta, penosa, y los momentos de tensión son muy espaciados y poco efectivos, de manera que, durante gran parte del metraje, ni el sobresalto -ni siquiera la inquietud- me rozaron ni de lejos. Un ritmo más rápido habría aumentado en muchos enteros la carga terrorífica de la película. Aun así, la historia, y en especial la conclusión de la misma, hacen que la cinta merezca la pena pese a deslizarse demasiado a menudo por los abismos del aburrimiento.

Estrenada en 2003, Dos hermanas fue nominada a mejor película en el Festival de Sitges de aquel mismo año, obtuvo cifras decentes en taquilla y críticas en general positivas, aunque dispares. A pesar de que público y crítica coincidían en que la historia era buena, no pocos críticos le colocaron notas muy bajas debido a su lento ritmo y a su tono que no acaba de cuajar en el terror, pero que tampoco supuso una revolución del mismo ni añadió nada nuevo al género. Era más bien un drama familiar con toques de horror y misterio que una cinta para causar miedo, y se recreaba más en la creación de atmósferas y escenarios que en provocar sustos o tensión. Ello decepcionó a buena parte de crítica y público, aunque en conjunto, pasó. En 2009, en EE. UU. hicieron un remake del que yo no había oído hablar, del que sin duda vosotros tampoco habéis oído hablar, y del que seguramente el director también preferiría no hablar. Vamos, que se comieron una hostia fina.

Para concluir: Dos hermanas es una buena película. Pero no es una buena película de terror. Como cinta del género no llega realmente a asustar, aunque sí a intrigar. En muchos momentos se hace insufrible, pero la calidad general de la historia hace que valga la pena verla.

«Jason, ¡mi maravilloso niño especial!» Si no coges esta frase, tienes que ver más cine.

Publicar un comentario

0 Comentarios