37 Segundos



Cuando hablamos de miedo y de enfrentarnos a nuestros temores, es fácil pensar en cosas como atrevernos a montar en avión, a mirar hacia abajo cuando estamos en la terraza del noveno piso, o lanzarnos en paracaídas. Pero en realidad, los miedos cotidianos que habitan en nuestro corazón son mucho más prosaicos, más pequeñitos en apariencia, pero igual de amenazadores y terribles. Yuka, una joven mangaka con parálisis cerebral, sabe bien esto, porque está acostumbrada a vivir rodeada por los miedos de los demás.

                Yuka (Mei Kayama) vive con su madre divorciada, quien cuida de ella con solícita ternura hasta para los hábitos más simples de su higiene. La joven se gana la vida haciendo cómics para su prima, una famosa youtuber pero, a pesar de que es ella quien hace todo el trabajo y su prima se dedica tan solo a posar, nadie sabe de la existencia de la verdadera artista; su prima se niega a compartir la fama con ella y hace creer a todo el mundo que ella es la única responsable de las historietas. A la búsqueda de su propio lugar bajo el sol, Yuka intenta hacer sus propios cómics. Cuando estos son rechazados por parecerse demasiado al estilo «de su prima», la joven, decidida a conquistar su independencia artística, se anima a probar suerte con el hentai.



                En la entrevista con la directora de una revista erótica, esta le dice que su guion y dibujo son buenos, pero las escenas de sexo son frías y sin personalidad debido a su falta de experiencia en ese ámbito, puesto que Yuka es completamente virgen. La mujer le aconseja que tenga relaciones sexuales a fin de dotar a sus dibujos de la autenticidad y el fuego del que carecen actualmente.

                En su intento por conseguirlo, Yuka pasará primero por el porno, después por las citas concertadas y por fin intentará incluso contratar los servicios de un gigoló, pero su búsqueda la llevará mucho más lejos de lo que jamás habría imaginado al empezar. A un viaje personal a través de su propia esencia, su madurez y deseos de crecer, de libertad y de independencia.


                Yuka sabe que, cuando la gente la mira, rara vez ven a una joven. Solo ven una silla de ruedas. Todo el mundo ve en ella a un ser desvalido que precisa ayuda y cuidados, que inspira miedo en los demás; miedo a meter la pata, miedo a dañarla, miedo a «que se rompa» … Su propia madre es la primera que tiene y potencia ese comportamiento. Aterrada por la minusvalía de Yuka, su madre lo hace todo por ella, hasta las cosas más nimias. Su pensamiento la lleva a considerarla una inválida para todo, a tomarla como una eterna menor de edad, incapaz de llevar las riendas de su vida, o de tomar decisión alguna. Un modo de pensar muy sacrificado, pero también -emocionalmente hablando- muy cómodo para ella, puesto que tiene a Yuka como compañía perpetua, como bebé permanente y oculta sus miedos proyectándolos en ella, recordándole constantemente que el mundo está lleno de gente mala, de babosos, pervertidos que podrían querer aprovecharse de su indefensión. Y todo desde una visión tan maternal, tierna y desprendida, en absoluto siniestra, al punto que ella misma no cree estar obrando sino según su obligación.

                No obstante, no será la única que actúe de un modo similar; muchos otros personajes a través de la cinta nos dejarán ver cuánto miedo tienen de acercarse a Yuka o tratar con ella. En una sociedad tan normativa como la nuestra o la nipona, todo lo que se sale de la «normalidad» nos extraña y a veces nos asusta. El gordo, el corpulento, el sordo, el enano, o la chica con parálisis cerebral son vistos por la masa con cierta conmiseración. Se les mira y se les compadece, pero rara vez vamos más allá de esa compasión. Es difícil verlos como personas independientes, con ganas de beber, cantar, correrse una juerga y salir a ligar. Con ganas de acostarse con una persona solo por placer. Sin embargo, Yuka se lanzará a todo eso, dejará de ser la «pobrecita chica con parálisis cerebral» para hacer amistad con una prostituta que la llevará de compras y a vivir la noche. Como haría cualquier chica de su edad.

Cartel de la película «37 segundos»

                Estrenada en 2019 y disponible en Netflix, 37 Seconds es una cinta humana y sorprendente, emotiva y dulce, que me ha sorprendido gratamente con su retrato de la discapacidad carente de mieles o de conmiseración. Una narración vivaz y tierna, divertida en más de una ocasión, en la que los sentimientos son tan puros como desnudos, pero jamás hiperactuados, al servicio de una historia luminosa y motivadora. No puede haber secuencia más significativa que la de Yuka encontrándose con tres drag-queens; los artistas alaban lo mona que está y le preguntan a dónde se dirige. Cuando ella les pregunta hacia dónde debería ir, le contestan: «Cariño… ¡eso sólo lo decides tú!» Cinefiliabilidad 6, lo que significa que hay que verla con subtítulos y que la narración es pausada, pero en ningún momento aburrida.

     «¡Sí! ¡Que te jodan a ti también!» Si no coges esta frase, tienes que ver más cine.

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