El sillón de Dita: Zipi y Zape.


    Niños traviesos y literatura. Sólo diciendo esto, ya evocamos nombres como  El Pequeño Nicolás, Guillermo el travieso, Rudiger el Pequeño vampiro… Y si retrocedemos más en el tiempo, encontraremos una pareja de pilletes cuyas aventuras en verso fueron adoradas por los niños de habla germana durante varias generaciones. Se trataba de Max y Moritz, gemelos, uno rubio y otro moreno. Esta descripción os resulta familiar, ¿verdad? Eso es porque son considerados como los “abuelitos” de Zipi y Zape. No obstante, ellos no tenían el talante que conocemos a los gemelos de Escobar. No se trataba de un par de traviesos un poco alocados, sino más bien eran una pareja de gamberros tirando a psicópatas, entre cuyas “gracias” se encontraba el estrangular a las cuatro únicas gallinas de una anciana señora y, una vez asadas por esta, robarlas para zampárselas o llenar de pólvora la pipa del maestro. Estos “angelitos” acababan sus días molidos como grano y comidos por los patos, como advertencia para los niños traviesos, desobedientes y perezosos. Y es cierto que su castigo era la muerte, pero mientras tanto, se lo pasaron bien. No os extrañe ese final; hoy día todo lo infantil está muy edulcorado, pero hasta no hace mucho, no era ni remotamente así, y los cuentos infantiles eran un vehículo para las advertencias y enseñanzas de los adultos, de modo que mostraban sin ambages las consecuencias de las malas acciones y la vida disoluta. Igual que Caperucita venía a enseñar a las niñas a no hablar con los desconocidos, los gemelos alemanes no fueron una excepción.

   


                Saltamos ahora a la parte baja y un poco hacia el oeste del mapa de Europa, hasta llegar a España. Saltemos también en el tiempo y nos hallamos en la posguerra. Las revistas infantiles comienzan a hacerse famosas y a ganar dinero como nunca hubieran podido soñar, y en buena parte es gracias a personajes que hablan a los niños en su propio idioma, porque ellos también son niños. Se trata de dos hermanos gemelos, uno rubio y el otro moreno. La creación de Escobar, que ya tenía un respetable currículo como humorista, vino a sustituir a otro personaje menos conocido en la actualidad, precisamente por su retirada: Don Tenebro. Este era un temible personaje al estilo del. Dr. Frankenstein que tenía un humor particularmente negro y hasta cruel en ocasiones, que sin ningún empacho bromeaba con asesinos, crímenes, la muerte o creaciones monstruosas. Al considerarlo demasiado oscuro para una revista de carácter tolerado, pero tirando a infantil, del Tío Vivo, D. Tenebro fue suprimido y Escobar dio con otra creación para llenar ese vacío, y ésta fueron los
terribles gemelos, Zipi y Zape.


                En un principio, y al igual que sus apócrifos “abuelitos” germanos, tampoco Zipi y Zape eran los atolondrados de buen corazón pero mala pata a los que conoceríamos más tarde; estos tempranos gemelos eran verdaderos traviesos que adoraban hacer novillos, tomar el pelo a mayores y pequeños, y valerse de mil trucos para conseguir lo que quisieran. Enamorados de los petardos, el fútbol, los dulces y las barrabasadas, por igual engañaban a los transeúntes para conseguir dinero, que arreglaban las diferencias con sus compañeros a torta limpia, que cazaban pájaros con tirachinas. Hoy día, esto puede parecernos una salvajada y nada pedagógico, pero en los años cuarenta del siglo pasado era bastante normal y las aventuras de los gemelos Zapatilla hicieron las delicias de los niños de todo el país, por más que estos -por imperativo legal, para que las historietas tuviesen su moraleja- siempre terminasen mal, generalmente en el cuarto de los ratones o perseguidos por su padre empuñando el sacudidor, o hasta encadenados con grilletes.



                A lo largo de los años, y haciendo caso a las advertencias que decían que los niños podrían
querer imitar las proezas de Zipi y Zape, Escobar fue suavizando el carácter de sus “hijos” y haciéndolos más atolondrados que traviesos propiamente dichos, aunque nunca perdieron su esencia pícara y algo gamberra que tantas risas causaba y tantos problemas les dio a ellos y a sus sufridos padres. Y aquí llegamos a otro punto importante: la imposición de la disciplina.

                Zipi y Zape terminan castigados en un porcentaje elevadísimo de veces (y muchas, sin merecerlo), con frecuencia sus padres les abofetean o golpean con el sacudidor, y en la escuela los castigan de rodillas y con los brazos en cruz, y con uno o varios tomos enciclopédicos en cada mano. Esto, que en los ochenta nos hacía reír por exagerado (aunque había maestros Y MAESTRAS que añoraban aquellos tiempos y te decían sin cortarse un pelo que la pedagogía era una estupidez y que con los castigos de antaño ibais a ir todos más derechos que una vela), en los noventa ya se veía como una burrada, y hoy día no pocas madres impedirían a sus hijos leer algo así. Pero de nuevo: en los tiempos a los que nos referimos, los castigos físicos eran algo de cada día, y no era extraño que, si te pescaban haciendo alguna travesura por la calle o dabas una mala contestación a un adulto, éste te obsequiase con una hermosa bofetada aunque no te conociese de nada. Y no se te ocurriera decirle nada a tu madre, que lo más fácil era que te contestase “algo habrás hecho”, y todavía te llevases otra. Este clima, no de respeto, sino de temor, se ve frecuentemente en las historietas, pero vemos también que no es suficiente para frenar a los niños en sus juegos y travesuras, y que el miedo al picor de un azote -que dura un ratito- no es suficiente para disuadirles de hacer trampas en un examen si con ello conseguirán su añorada bicicleta o algún premio, que siempre serán mucho más duraderos.     
          
                A lo largo de las décadas, Zipi y Zape sufrieron varias revisiones, pasaron de tener un aspecto casi adolescente, larguirucho y despeinado, a tener definitivamente entre ocho y diez años y un aspecto redondeado que, además de infantil, les daba un aire tierno y simpático. También se enriqueció su universo de personajes, incluyendo no sólo a la familia Zapatilla, sino al temible caco Manitas y al gendarme D. Ángel, con quienes los gemelos hicieron de detectives en muchas ocasiones; entre sus compañeros destacaba el pesado de Sapientín, primo de los gemelos y su opuesto en todo, y el malcarado Peloto el envidioso, siempre ansioso por robar el protagonismo y demostrar que él era más travieso y gracioso que Zipi y Zape, y que jamás lo lograba. Desde principios de la década de los setenta, los gemelos contaron con una revista propia, como Mortadelo, y al ascender en importancia, pasaron de historietas de una sola o, como mucho, de dos páginas, para tener aventuras de entre cuatro y ocho páginas y aún algunas aventuras largas que fueron publicadas en forma serializada primero y más tarde como álbumes, como El tonel del tiempo, La vuelta al mundo o Aprendices al tun-tún.

                Con su humor blanco en el que abundaban los chistes malos y juegos de palabras propios de niños, el surrealismo y la fantasía, Zipi y Zape fueron los preferidos de los niños durante varias décadas, e incluyeron entre las páginas de su revista historietas y chistes orientados sobre todo a los lectores menores de once años. Mientras que en la Mortadelo encontraríamos historietas de humor mezcladas con otras de terror o humor político, en la Zipi y Zape encontraríamos las aventuras de Genovevo, el coche fantasma, o de Barón, el gato pardo, y el mayordomo Abelardo.


                Como todos los autores que daban réditos a Bruguera, Escobar también sufrió la presencia de negros dibujando a sus personajes, a quienes hubo de dejar en prenda con el cierre de la editorial. Y como Ibáñez, se reinventó y se plagió a sí mismo con los personajes de los hermanos Terre y Moto, de breve vida. Finalmente logró recobrar la titularidad de sus personajes y cedió sus derechos a sus herederos. Zipi y Zape han traspasado la barrera del papel en muchas ocasiones, y con desigual fortuna; en los años ochenta se estrenó la primera película de los personajes, Las aventuras de Zipi y Zape, un producto poco menos que infame y encima salpicado de las ¿canciones? de los hermanos Valtuille, el dúo protagonista que encarnaba a los gemelos. Imaginad si será mala que hasta YO digo a las claras que es mala; entre el guionista y el director debieron pensar que “para niños” significaba “para retrasados mentales”. No obstante, la cinta sí tuvo un acierto: no dejar que los hermanos Valtuille hablaran, estos fueron doblados en estudio por profesionales, cosa que hubieran debido hacer con la también pésima El club de la canica, estrenada en 2013 y que no llegó ni a cubrir gastos de rodaje, cosa nada extraña si tenemos en cuenta que los personajes necesitaban subtítulos.

                A finales de los noventa también saltaron al mundo virtual con el videojuego La casa del terror, aunque este título, a diferencia de los que se prepararon para Mortadelo y Filemón y que obtuvieron un moderado éxito, no dio los resultados apetecidos. Vamos, que fracasó.

                Hoy en día, Zipi y Zape siguen existiendo en el mundo que les pertenece y en el que mejor les va: la historieta de humor. Joaquín Cera y Ramis, reconocidos historietistas desde la década de los ochenta, tomaron el relevo tras la desaparición de Escobar en el año 1994. Tras pasar por su correspondiente modernización, ahora en su casa no hay cuarto de los ratones, tienen su soñada bicicleta, y hasta su ordenador… pero siguen tan atolondrados como siempre y nunca dejarán de acudir a la temible voz de “¡Zipi y Zape, venid a mi paternal presencia!”










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