Arkham Asylum


     


«A veces, sólo es la locura lo que hace de nosotros lo que somos»
 Amadeus Arkham

     Cada vez que alguien me dice que los cómics son «tebeítos para niños, historias de tíos en mallas que lo resuelven todo con superpoderes», ya sé que se trata de una persona que no ha leído un cómic en su vida, y lo más cerca que ha estado de ello ha sido ver alguna secuencia animada de las adaptaciones setenteras de Hanna-Barbera. Arkham Asylum, «Un lugar sensato en una tierra sensata», la novela gráfica que nos ocupa hoy, es radicalmente desaconsejable para menores de -al menos- 16 años, y es una de esas obras que es bueno releer cada X años para comprobar a través de ella cómo nuestra personalidad ha ido cambiando y cómo descubrimos nuevos mensajes en las obras que ya creíamos conocer.

     En el cómic, la acción nos lleva en primer lugar a la infancia del fundador de la famosa casa de reposo, Amadeus Arkham quien, pese a su corta edad, tiene que ocuparse de su madre, enferma a la vez de cuerpo y de mente. O demente. Paralelamente, en la actualidad estamos a Primero de Abril o April Fool´s Day (el día de los Inocentes de la cultura anglosajona), y Batman es requerido porque un puñado de «inquilinos» del manicomio se han hecho con el control del centro y, comandados por el Joker, mantienen a varios rehenes para lograr sus exigencias. La última de ellas es la presencia de Batman. El detective, con reticencias, accede. Pero estas reticencias no se deben tanto a lo que los internos puedan hacerle allí, sino a lo que su propio cerebro pueda hacerle.



     A través de un dibujo sobrecargado de color y que mezcla elementos gráficos con texturas reales y fotográficas, la expresividad nos llega más a través de la chocante y atrevida distribución de las imágenes y los componentes de las mismas que, de los rostros de los protagonistas, en su mayor parte parecen máscaras. Los británicos Grant Morrison y Dave McKean, creadores de la obra, supieron recrear el ambiente onírico y desordenado de una pesadilla gótica, en la que las imágenes tenían tanta o más fuerza narrativa que los diálogos. En concreto, el Joker es convertido en una carátula infernal, con facciones más propias de un fantasma de terror infantil, que de un rostro humano.

    Si el dibujo es digno de mención, el guion no se queda atrás ni por un momento; con frecuentes reminiscencias a las obras de Carroll y Hitchcock, Morrison nos paseará a la vez por un edificio con vida propia, que por la psique de los personajes en general y de Batman y Arkham en particular. El murciélago no sólo deberá desentrañar el misterio del sanatorio y enfrentarse a todos los enemigos que ha ido encarcelando en él a lo largo de los años, sino también a sí mismo. Como él mismo dirá: «Batman no tiene miedo de nada. Soy yo, yo tengo miedo». Atrapado en su propia dualidad hombre-héroe, el personaje sabe que no es precisamente un arquetipo de cordura y estabilidad, y a través de la obra le veremos enfrentarse con sus peores recuerdos y temores, al punto de llegar a herirse a sí mismo en un intento de aferrarse a la realidad. Naturalmente, esto el Joker lo sabe también, y precisamente lo que desea es hurgar en la mente de su némesis y hacerle ver que lo éste cree locura, no es sino una manera de enfrentarse a una realidad caótica y aún absurda. Terrorífico y degenerado en muchos aspectos, el Joker, a pesar de sus deseos innegables de acabar con la vida de Batman, aquí encontraría mucho más satisfactorio conseguir llevarle a su terreno, convertirlo en un maníaco.

     Nos encontrábamos en el año 1989 cuando la obra salió a la venta y los cómics, gracias a creadores como Alan Moore, estaban dejando de ser considerados un entretenimiento juvenil para pasar a ser vistos como algo que podía tener una gran calidad argumental y ser disfrutado a cualquier edad. Tomaban el estatus de arte que les correspondía por derecho. Además, acababa de ser estrenada la adaptación cinematográfica Batman, de Tim Burton, protagonizada por Jack Nicholson y Michael Keaton, cinta que desató la «batmanía» y que hizo que todo lo que se relacionase con el murciélago se convirtiese en oro. Huelga decir que Arkham Asylum se vendió como rosquillas, pero hoy día la novela gráfica sigue siendo un referente, un pilar en las aventuras de Batman que no ha dejado de reeditarse y venderse.



     Arkham Asylum «Un lugar sensato en una tierra sensata», es una obra maestra del terror gótico, del arte gráfico y de la narrativa visual. Un viaje por la locura, violento e inquietante, pero a la vez no exento de hermosura y aún de cierto humor negro. Una obra llena de simbolismo, que nos atrae y absorbe a través de un grafismo de collage que no deja de evocar y abrirse para nosotros como un trampantojo, y plena de momentos memorables. Un imprescindible para cualquier tipo de lector.

     «¿A qué vienen tantas contemplaciones? ¡Si no son más que un mazo de cartas!» Si no coges esta frase, necesitas leer más.







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