Era el año 1603 cuando Tokugawa Ieyasu fue nombrado jefe supremo en Japón y decidió instalar su gobierno en Edo (la actual Tokio). Muy pronto la ciudad creció en tal medida, tanto físicamente como en importancia comercial y cultural, que rivalizó con Kyoto, que era la capital en aquél entonces. La sociedad estaba dividida en cuatro clases sociales o shinokosho, según su poder: guerreros, campesinos, artesanos y mercaderes (quedaban exceptuados de este orden los médicos, religiosos y algunos marginados). Si bien el poder se aglutinaba en torno a los guerreros, éstos, durante ésta época de paz, se dedicaron a llevar una vida fastuosa y se empobrecieron sensiblemente, mientras que los artesanos vieron crecer sus arcas debido a los grandes gastos que hacían esos mismos guerreros. Cuando éstos no pudieron seguir manteniendo su nivel de vida, recurrieron a los mercaderes para que les prestasen dinero, y estos se hicieron más ricos aún gracias a esos préstamos. 

   Los artesanos y mercaderes quisieron a su vez disfrutar de la vida y el arte y empezaron a promover formas de cultura acordes a sus gustos. Así nació la estampa o ukiyo-e, término que engloba a la vez la pintura y la estampa. Los daimyo (guerreros) y chonin (mercaderes) más ricos podían permitirse los biombos o rollos de pintura de los maestros de la escuela Kano. Estos rollos de pintura no se limitaban a mostrar escenas de la vida diaria, sino que, a estilo de muchos papiros egipcios o tapices europeos, sin necesidad de palabras, contaban una historia. Los había cómicos, como los que contaban  historias de competiciones de falos o de pedos (de veras); satíricos, como los que caricaturizaban el poder o la religión mediante animales; novelescos, que contaban cuentos o historias populares que aún hoy día se siguen adaptando... y hasta eróticos. Los menos pudientes también deseaban tener acceso a libros y decorar sus casas con estampas a precios razonables, lo que se hizo posible gracias al invento del kento, especie de imprenta que permitía realizar estampas de varios colores a un coste muy módico. 



   Hoy día, su esplendor y su rareza hacen de las estampas japonesas de ésta época verdaderas obras de arte que alcanzan precios exorbitantes, pero en la época Edo no eran consideradas más que un pasatiempo agradable y se desechaban para sustituirlas cada poco tiempo. No obstante, algunos grandes señores se dedicaban a buscar y coleccionar las más bellas, o más de su agrado, y las conservaban cuidadosamente. 

   Las estampas en ésta época cumplían varias funciones; como medio de propaganda, daban a conocer productos de bellezas, restaurantes o casas de citas, y también servían como “fotos” propagandísticas de los actores de Kabuki (teatro japonés), o de las cortesanas más bellas. Como medio de comunicación daban las últimas tendencias en moda, maquillaje o quimonos, daban recetas para curar ciertas dolencias; también las había pedagógicas, con dibujos para niños y que eran usadas para enseñar a leer a los pequeños o mostrarles los nombres de diversas plantas y animales... También se imprimían en ellas pasatiempos, acertijos visuales o trampantojos, recortables de muñequitas, pequeñas maquetas que podían montarse recortando las piezas, y hasta como tarjetas postales. Éste último uso era muy apreciado; al ser tan ligeras y baratas, eran un recuerdo y un regalo perfecto para los viajeros, que las compraban en abundancia. 

    Durante ésta época se desarrolló la edición y se democratizó el libro (recordamos que la imprenta existía desde el pasado siglo, pero fue en éste cuando las escuelas hicieron posible la difusión de contenidos escritos a gran escala), dividiéndose éste en dos categorías: los shomutsu, considerados “libros útiles” y que agrupaban las colecciones religiosas y eruditas, y los soshi, que eran considerados libros de entretenimiento, que incluían dibujos y se vendían en tiendas especializadas. Los editores eran grandes negociantes que velaban por atraer a su clientela a fuerza de tener su escaparate lleno de estampas lo más variadas posible y renovándolas casi a diario. 



  No obstante, también existían las tiendas no especializadas, las jihon donya, editoriales menos cuidadas y con un estilo menos refinado de escritura, destinadas a los artesanos más pobres y los campesinos, que publicaban según un código de colores: los libros de cubierta roja, llamados akahon, eran para niños y contaban cuentos y leyendas; los de cubiertas negras y verdes, llamados kuro hon y ao hon respectivamente, contaban dramas del teatro Kabuki; los amarillos o kiyoshi contaban novelas (fueron los que perduraron) de carácter folletinesco, lo que hoy se conocería como un culebrón. Por último, y fuera del código de colores, estaban los kokkeibon, de carácter cómico (y en ocasiones, burlesco... digamos... políticamente incorrecto) y los sharebon, de contenido erótico y a veces ciertamente pornográfico, que además de contar historias no aptas, llevaban la guía de los locales nocturnos y “los barrios de placer”, dando pormenorizada cuenta de lo que sucedía dentro de dichos locales y de las especialidades de cada cortesana. 

    Por último, existían las imágenes supersticiosas, que conjuraban la buena suerte, o espantaban la mala. Los demonios tradicionales tocando instrumentos o huyendo despavoridos del espíritu protector de la casa, se hicieron muy populares en ésta época. Tenemos en cuenta que, durante ésta época, el cristianismo estaba prohibido, de modo que era de buen gusto tener una imagen supersticiosa o budista en casa, para demostrar que no eras cristiano.

    Como dato interesante, los japoneses empezaron a introducir el texto narrado en sus estampas mucho antes que los europeos. En Occidente, los llamados “bocadillos de texto” empezaron a aparecer en las historietas a principios del siglo XIX (en concreto, en las aventuras de Yellow Kid), mientras que en Japón, ya en el siglo XVII (época a la que nos referimos en el presente artículo) se hacía algo similar, si bien la señal o flecha que indicaba qué personaje hablaba, nunca se dirigía a la boca, sino a la nuca, lugar donde, según el budismo, reside el alma. 

    Como vemos, existían tantos tipos de estampas como gustos y caprichos para ellas. Es cierto que el primer manga fue Astroboy, pero el simpático niño robot bebe de muchas fuentes (¡hasta de Mickey Mouse...!), y su riquísimo pasado debe ser también tenido en cuenta.